Las
palabras y las cerezas, unas con otras se enredan.
Es
típico que en los meses de mayo y junio las cerezas me seduzcan en las paradas
de los semáforos de camino de la escuela a mi casa. Una bolsita llena de
pequeñas cerezas de color rojo oscuro. El sol les da un hermoso reflejo en su
piel lisa y suave.
Empiezo
a saborearla en mi mente, imaginando su jugosa y crujiente pulpa. Hasta puedo
sentir su dulce néctar en mi boca. Ya más adentrada en la imaginación me veo
lavándolas bajo un chorro de agua fresca, tomo la más grande y oscura que
encuentro por su tallo y la muerdo por la mitad, raspando la semilla antes de
que mis dientes se encuentren. La otra mitad la meto a mi boca y separo la
semilla de la pulpa, raspo la semilla hasta que la dulzura de la cereza se
acaba, escupo la semilla, y tomo una más, y otra y otra.
Cada
vez que como cerezas recuerdo el día en que mi mamá salió de casa y nos dejó a
mi hermana y a mí en el patio. Hacía mucho frío y no habíamos comido, llovía mucho
y decidimos meternos a su casa de juguete para cubrirnos. Mi mamá había tardado
más de lo esperado y mi hermana se
quejaba del hambre. No podía hacer nada. Así que metí mis manos a mi abrigo
para mantener mis manos calientes y en un bolsillo tenía media bolsita de
cerezas. Empezamos a comerlas, yo en silencio y mi hermana sólo preguntando
“¿Por qué rayos tienes cerezas en el bolsillo”, le sonreí.
Me
encantan las cerezas, desearía que fueran del tamaño de melones, aunque sería
una lástima que no pudiera transportarlas en mi abrigo…
Castillo
Corrales Nahomi Anali
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